Os voy a relatar una de las mayores hazañas de nuestras vidas, aunque algunos más diestros en estos menesteres, diréis que os lo pasáis por debajo de la patilla. Vamos, dicho de otro modo, que esto es poco emocionante.
Todo empezó en un colegio de un barrio de Santurce, allí unas cuantas chicas nos conocimos, formamos cuadrilla y compartimos nuestras andaduras por la vida, intentando mantenernos siempre unidas o, al menos, en un continuo contacto. Y llegó el día en que una de nosotras (Angélica, arriba en la foto) decide dar el gran paso (toda una actividad de riesgo): casarse. ¡Ah! Por cierto, yo, Mónica, soy la que levanto el dedo en la foto contigua.


Y éste es el otro imprudente (arriesgado), léase, el novio. En las siguientes fotos iréis conociendo al resto.
Con gran ilusión (y secretismo de cara a la casadera), nos dispusimos a prepararle una despedida que resultara inolvidable para ella, y para todas nosotras, ¡Y vaya si lo conseguimos!


Partiendo de que no somos unas chicas que hagamos mucho deporte y que los planes arriesgados no son nuestro mayor fuerte, (más bien parece que trabajáramos para seguros Mapfre), para nosotras era todo un desafío. Un buen día sufrimos un crisis de falta de riego (o de falta de riesgo) y nos lanzamos a la odisea de preparar un descenso de cañones para la despedida. No sé por qué nos dio el viento por ahí.


Tras buscar en Internet, dimos con una página muy interesante (ésta) y nos pusimos en contacto con Gerarta, de Euskal Abentura Elkartea, y nos preparó lo que realmente resultaría ser toda una aventura: el descenso del barranco de Akerreta, en Ataun (Gipuzkoa), para el sábado 24 de julio de 2004.


Bueno, en un principio él nos propuso otro más sencillo (Errekabeltz, de Zaldibia), pero en el vídeo que nos mandó titulado "Descenso De Los Cañones y Barrancos De Gipuzkoa" (hecho por ell@s y editado por Ghettha), nos abrió el apetito. Veíamos que bajaban con tanta facilidad (y felicidad) entre aguas, cuerdas y piedras, que nos arriesgamos a algo más fuerte que un mero descenso caminando por rocas: queríamos rappeles, arneses, cuerdas... Todo eso.


Cómo ya os he dicho lo nuestro no es el deporte. Pero una cosa a tener en cuenta para cualquier otr@ intrépid@ que se quiera lanzar a ello, antes de meterse en un cañón con ráppeles, recomendamos un poco de entrenamiento y, especialmente, de trabajar resistencia. Lo digo por experiencia, y mucho menos a nosotras que ni siquiera habíamos rappelado antes.


Así que, Gerarta, ese día, tras recogernos en Santurce y manteniendo a Angélica en su angelical inocencia (y nerviosismo) nos plantó a las seis que éramos, encima de un puente (Ibarra, en Tolosa). Según llegábamos Angélica se sintió morir, pues creyó que la íbamos a obligar saltar desde el mismo (es decir, a hacer puénting), aunque hace tiempo que los puentes "Ibarra" (no "de Ibarra", que están en Tolosa) están en desuso, pues si ya eran poco seguros antes (poco margen, barandillas oxidadas...) ahora un árbol que está creciendo en la vertical del salto, prohibe éste.


Pero no, no somos tan crueles. Aunque el monitor nos dejó muy claro que la actividad más arriesgada era la que habíamos escogido, y no precisamente los saltos desde puente (de riesgo mucho más controlable). Era cuestión de ensayar los ráppeles antes de meternos en un cañón, pues, según nos dijo, si a alguien le da un ataque de pánico una vez dentro, el rescate puede resultar muy, pero que muy difícil.


Tras unas nociones técnicas, ahí que nos puso a bajar por el puente entre arneses y cuerdas. Y, aunque al principio nos impresionó, enseguida empezamos a cogerle el gustillo. Increíble, pero cierto. Aunque esto no fué lo más increíble de la jornada, ni por asomo.




Una vez acabada la clase, nos metió a las seis en su Ford Transit, y nos llevó donde comenzaría la expedición, nos repartió nuestros trajes de neopreno (la temperatura del agua lo exigía), arneses, cascos... Y, en bikini, nos puso a las seis a andar por un sendero hasta el comienzo del río (bonito espectáculo).


Perdón se me olvidaba un importante detalle, antes (en Oria) recogimos a Edurne, otra monitora y apoyo en todo momento para nosotras: toda una compañera de aventura.


Se la ve más arriba, bajo el puente, trasportando la cuerda hasta el mismo y siempre presta a tirar de ella para reasegurarnos cuando rappelábamos (es la forma de evitar que nos caigamos por un despiste nuestro).








La caminata por el bosque fue agradable, hacía una brisa fresquita, el camino precioso y, la pendiente, aunque a veces más pronunciada, era llevadera.



Bueno, pues llegamos al punto de inicio. Nos pusimos los trajes (ardua labor), arneses y cascos y ¡Hala! ¡Al agua!










Estaba muy fría, pero, en seguida, gracias a los trajes de neopreno, y al propio movimiento, entramos en calor.




El comienzo estaba chupao: paseo por el río, algún tobogán, algún que otro chapuzón, el suelo resbalaba bastante, así que había que afinar el equilibrio.




Pero, al de poco, apareció nuestro primer desfío: un ráppel pequeño, pero con su dificultad. De todos modos, nosotras, con los éstos (ya sabéis) bien puestos, ahí que nos ponemos en fila india para ir bajando de una en una.






Primero, siempre Edurne, que nos dejó asombradas por su agilidad y fortaleza, transportaba gran parte del material, bajaba siempre la primera, marcándonos el trayecto a seguir, y se encargaba de asegurarnos desde abajo, mientras descendíamos. En alguna ocasión también tuvo que hacer esfuerzo extra para que nuestra llegada a suelo firme fuera segura.












Pasamos el primer ráppel, y el segundo, pero al cabo de unos cuantos toboganes y diversiones varias que encontramos por el camino, llegarón el tercero y el cuarto ráppeles, mucho más altos y con unas bonitas cascadas, que, a su vez, dificultaban nuestro descenso. Aunque esos elementos que llevabámos bien puestos, seguían allí, ésta vez lo hacían a la altura donde un hombre se pondría una corbata. Bastante más arriba.






Esa sensación duró unos minutos, pero como chicarronas del Norte que somos, cogimos aire, lo soltamos poco a poco y sin quitar los ojos a Edurne, para saber dónde ponía los pies en cada momento, echamos toda la valentía (que se quería escapar) al hombro, y poco a poco, una a una, fuimos descendiendo todas. Unas con más facilidad, otras con más dificultad (todo hay que decirlo), pero sanas y salvas. Mirábamos las paredes de piedra desde abajo, sin poder creernos que lo habíamos conseguido.


Gerarta, que se encargó de las filmaciones, y de preparar y dirigir nuestros ráppeles desde la cabecera de los mismos. La verdad es que aparece poco en las fotos. Bastante trabajo le dimos con algún que otro brote de ataque de ansiedad. Pero, bueno, los años de experiencia pesan y, con su apoyo, terminábamos afrontando con éxito cada nuevo reto.


Para entonces, el cansancio, comenzaba a hacer mella: nuestra poca preparación se hacía notar. Aún así seguimos adelante, un tramo más del río, con algún rappel pequeño, toboganes, alguno materializado en forma de arból, y alguna caída y alguna zambullida que otra, por los desniveles del suelo.


Recibimos algún que otro golpe en caídas por la dificultad de encontrar o de mantener el equilibrio. Pero sin importancia.


El mayor apuro lo vivimos cuando Angélica, la homenajeada, patinó en el momento que había que hacer más fuerza para alejarse de la corriente (fotos de abajo) y cayó en medio del chorro y se vio aprisionada por la cuerda que la sostenía.


Fueron unos segundos de apuro: verse atrapada en medio de esa corriente de agua fría impresiona a cualquiera, te corta la respiración.


Pero sacando fuerzas de flaqueza, o quizá tirando del institnto de supervivencia, Angélica se sobrepuso y reacciono adecuadamente.


Incluso se atrevió con el siguiente ráppel, eso sí, la última (bueno, penúltima, Gerarta siempre cerraba el descenso): necesitba algo de tiempo para tranquilizarse. La animó bastante la perspectiva de que Gerarta se animara a darle dos tortazos para quitarle el pánico, cosa que nos contó alguna vez llegó a tener que hacer.


Aunque nos hubiera gustado terminar la hazaña, completando el recorrido del cañón, llegó el momento de medir fuerzas, y poner punto y final al descenso, para evitar riesgos y retrasos innecesarios. La fiesta no terminaba ahí: tras el dencenso en Bilbao nos esperaba una cena y la fiesta consiguiente. Y no era cuestión de llegar tarde a esos otros compromisos.

